El juez recoge el dinero de una de las tiradasProcesiones paganas, representaciones vivientes de la Pasión, liberaciones de presos… no todas las ciudades celebran de la misma manera la pasión y resurreción de Jesucristo.

Si las oraciones y procesiones colman la Iglesia y calles de Nava del Rey, el juego de las caras llena el bar de Camilo. Y es que el gran corro del juego, donde se apuestan fortunas que pueden alcanzar cifras astronómicas, atrae a cientos de personas que recuerdan, de esta forma, a los soldados que acompañaron a Cristo a la cruz y que, después, se jugaron su túnica a los dados.

¡A caras! ¡A flores! ¡Flor y cara! ¡Caaaaras! ¡A flores va el que tira! son algunas de las consignas más escuchadas desde la noche de Jueves Santo hasta la madrugada del sábado. El juego se realiza en un gran corro y el juez, Carlos Pérez, está en el centro. Acude a cada punto de la circunferencia donde es requerido por los jugadores para ir apostando y cada apuesta es dejada en el suelo. El tirador grita a lo que va y lanza las chapas al aire, alea iacta est, después de segundos de incertidumbre, el tintineo de las monedas concluye, jugadores y curiosos conocen el resultado: cara y cruz, la banca repite la tirada; dos caras o dos cruces, los vencedores doblan su apuesta. Si el que tira grita “voilo” cuando las monedas están en el aire, la tirada no es válida y se repite el lanzamiento.

Se llaman caras y flores porque las monedas antiguas de cobre de diez céntimos representan la efigie de Alfonso XII por un lado y la flor de lis o escudo por el otro.

Según la tradición, el origen del juego arranca en el capítulo 15, versículos 22, 23 y 24 del Evangelio de San Marcos: “Le llevaron al lugar del Gólgota… le crucificaron y repartieron sus vestidos, echando suerte sobre ellos para saber lo que había de tomar cada uno”. También, según la tradición, fue un soldado vallisoletano al servicio de las tropas inglesas en Australia, el que trajo este juego a Valladolid, extendiéndose por pueblos y ciudades castellanas y jugándose, en tiempos pasados, en plazas y calles y hoy en recintos cerrados. Nava del Rey es uno de los principales núcleos de la zona donde se desarrolla este juego que atrae a numerosos jugadores de pueblos vecinos.

La Semana Santa navarresa siempre fue lúdica ante la falta de música y baile, y en la actualidad sigue patente y con gran arraigo esta tradición, donde no hay límite de dinero ni de tiempo. Ahora únicamente se juega en el bar Camilo, en la gran pista de la discoteca Sweet, pero antiguamente eran varios los establecimientos que ofrecían este espectáculo, especialmente a altas horas de la madrugada.

Incluso en tiempos de prohibición expresa del juego, las caras estuvieron siempre toleradas y es que, como dijo San Francisco de Sales, “no se pueden condenar los juegos y bailes, mientras sean únicamente por recreo, y no por afición; mientras sean raros y poco duraderos; y con modestia, con decoro y con buena intención”.
Esta tradición debe su éxito a la curiosidad, la emoción, el riesgo y, por supuesto, al sentido lúdico y al interés por el juego, pero recuerde que “jugar y nunca perder, no puede ser”, “la mejor suerte de los dados es no jugarlos” o “una retirada a tiempo es una victoria”.



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